¿Quién se puede negar a mejorar la gestión del Estado?
El tema de la reforma del Estado no es nuevo en nuestro país, a tal punto que el propio Tabaré Vásquez, a poco de asumir la presidencia en el año 2005 y para resaltar su trascendencia, la llamó “madre de todas las reformas”.
En este momento se ha generado en torno a este asunto una polémica a nuestro juicio inútil, originada a partir de las opiniones vertidas por el flamante Presidente de la República respecto a la idea de eliminar ingresos a organismos del Estado y al carácter del sistema de concursos, y el retruque que esos conceptos tuvieron de parte de la organización que nuclea a los funcionarios públicos.
Y nos resulta inútil una discusión en el tono que se ha planteado, porque no hay dudas que todos –gobierno y sindicatos de la Confederación de Funcionarios del Estado- están de acuerdo con mejorar la gestión de los organismos públicos.
Centrar el debate en los puntos que atacó Mujica –no más ingresos a instituciones públicas, ni siquiera por concurso- es demasiado poco para la inmensidad de un tema que debe tener como eje fundamental la mejora de la gestión a todos los niveles del Estado.
¿O es que queda alguien en este país que piense que no hay que adecuar el funcionamiento del Estado a las nuevas demandas de la sociedad uruguaya?.
No es una novedad que hace mucho tiempo está instalada en la comunidad la necesidad de mejorar la gestión estatal. Es que con el solo hecho de pensar en la burocracia lleva a cualquier ciudadano a exigir al gobierno encarar esa postergada reforma con urgencia, pero a la vez con mesura e inteligencia.
Nadie puede pensar, sin embargo, que esa reforma del Estado se realice sin la participación de los propios funcionarios, quienes son los verdaderos termómetros de las falencias que ese Estado tiene. Por eso reafirmamos el concepto, porque pobre sería un gobierno que no aspirara a mejorar la gestión de las instituciones que dirige, y pobre sería también la mentalidad de los funcionarios si no pensaran en prestar cada vez un mejor servicio a la población que, como contribuyente, es la que sostiene a esos organismos estatales.
Por tanto, nada bien le hacen a la gestión del Estado los entredichos entre quienes son la base fundamental de una reforma que no admite discusiones. Lo esencial es, en cambio, buscar los mecanismos e instrumentos más adecuados en los cuales sostenerse para comenzar a andar hacia el objetivo superior: mejorar la gestión.
Es cierto que el concurso ha sido una herramienta idónea a la hora de decidir el acceso a la función pública, pero ese debe ser sólo un punto de los tantos muchos que debe contener una reforma del Estado que, a nuestro entender, debe encararse sobre todo con una mentalidad abierta, despojada de cualquier interés particular.
Pero vamos mal por el camino de la discusión a través de los medios, porque quienes hoy están en el debate público mañana tendrán que sentarse juntos para definir las pautas destinadas a esa necesaria, e imprescindible reforma estatal.
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